Cuento de muestra

Leo y la luz de la luna

Leo y la luz de la luna

Leo y la luz de la luna

Para Leo, que ya es lo bastante valiente para mirar la noche a los ojos. Con todo el cariño, los abuelos Pilar y Antonio.

En Zaragoza se encendían las farolas. Una, dos, tres… ¡clic, clic, clic! Leo ya llevaba el pijama puesto, y su gato Bigotes bostezaba a los pies de la cama: ¡aaaaah!

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Un beso de mamá y papá. Un abrazo de mamá y papá. «Buenas noches, Leo. Que sueñes con los dinosaurios». Y la luz se apagó: ¡clic!

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Todo estaba muy quieto. Cuando se apagó la luz, la habitación se volvió negra como un túnel y a Leo se le encogió la barriga.

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Toc, toc. ¿Quién llamaba a la ventana? Era una lucecita pequeña con bufanda. —Hola, Leo. Soy Lunilla, un trocito de luna.

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—Te traigo unas palabras mágicas —dijo Lunilla—. Repítelas conmigo: «Luz, lucita, luz de luna: aquí no hay miedo ninguno». Leo las dijo bajito. ¡Funcionaban!

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—¿Vamos a ver la noche? —preguntó Lunilla. Leo miró a su gato Bigotes. ¡Y Bigotes ya estaba en la ventana, con ganas de aventura!

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¡Arriba, arriba, arriba! Volaron sobre los tejados de Zaragoza. Las ventanas encendidas parecían botones de luz. ¿Cuántas cuentas tú?

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En lo alto de un árbol, una lechuza abrió sus ojos amarillos. ¡Uuh, uuh! —Hola, Leo. De noche yo juego, y tú descansas.

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Abajo, en la plaza del Pilar, a los pies de las cúpulas, todo dormía: dormían los bancos, dormían las palomas, y hasta el agua de la fuente hacía chof… chof… muy bajito.

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Lunilla sopló, ffffff, y las estrellas se movieron hasta dibujar un diplodocus enorme de cuello largo. —¡Es lo que más me gusta! —rio Leo.

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—Y esta es para ti —dijo Lunilla. Era una estrella pequeña de color azul, el color favorito de Leo. Brillaba, brillaba, brillaba en su mano.

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Pero en el parque… ¡una sombra enorme! Orejas largas. Garras largas. A Leo le temblaron las rodillas. Lunilla susurró: «Luz, lucita, luz de luna…».

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Leo respiró hondo, una vez, dos veces, y terminó solito: «…aquí no hay miedo ninguno». Y miró la sombra despacito, despacito.

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¡Las orejas eran dos hojas! ¡Las garras eran ramitas! Y la sombra entera… ¡era Bigotes, estirándose bajo una farola! Ja, ja, ja. ¡Qué risa!

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Lunilla se arrancó un trocito de luz y se lo puso a Leo aquí, en el pecho, junto al corazón. —Para que lo guardes. Cuando tengas miedo, notarás que brilla.

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Y de vuelta a casa. Adiós, lechuza. Adiós, tejados. Adiós, estrellas. Mañana Leo se lo contaría todo a sus amigos del cole, y a los abuelos.

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Ya en la cama, calentito, Leo miró alrededor: la silla era la silla, el armario era el armario. La oscuridad ya no era un túnel: era una manta suave que tapaba la ciudad para que descansara.

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Leo abrazó a su gato Bigotes y cerró los ojos. —Buenas noches, Leo —susurró Lunilla—. Y ahora, todos juntos y muy bajito: «Buenas noches, luna; buenas noches, Lunilla».

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Fin

Un cuento de buenas noches con estribillo para decir juntos y perder el miedo a la noche.

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